
El baile de Polanski, por el cine de vampiros, esta lleno de luces y sombras, reconocida como una comedia brillante y disparatada, El Baile de los Vampiros cuarenta años después de su estreno está en baja forma, sin duda una de las razones es el exceso de gags visuales, un buen ejemplo son las incontables escenas aceleradas, si bien es cierto que algunas gozan de una indudable brillantez, recordando al mejor cine mudo, son excesivas, tampoco se escatima en golpes y caídas, incluso hay caídas a causa de golpes y además aceleradas, y aún sientiendolo mucho debo sentenciar que para una sociedad que aún no se ha recuperado del todo del impacto de programas como Videos de Primera o series cómo Benny Hill estos gags resultan del todo menos sorprendentes o graciosos. A toro pasado, es decir desde el relativo conocimiento que me aporta el paso del tiempo creo que el envejecimiento de la obra no sería tan acusado si se hubiese confiado más en los diálogos y en la trama a la hora de aportar comicidad al conjunto.
Ahora bien, veamos la película dentro de su contexto, década de los 60 y una idea: llevar el cine de terror a la comedia, descontextualizar un género por completo, tomar el envoltorio (decorados, vestuario, historia) y cambiar la esencia (la reacción que esos elementos provoca en el público), me imagino perfectamente a Polanski y a su guionista Gérard Brach hablando sobre la película: “Hagamos una película de vampiros en la que el espectador cuándo debería estar asustado se este riendo”. Hoy día no es nada nuevo revisitar un genero desde otro punto de vista y menos original aún es hacerlo desde la comedia, el cine contemporáneo nos presenta un surtido elenco de ejemplos que va desde la saga Scary Movie hasta la revolucionaria Planet Terror, pero en los 60 una propuesta así fue transgresora e influyó en la filmografía de cineastas cómo los Monty Python (Los Caballeros de la Mesa Cuadrada / Aventuras) o Woody Allen (El Dormilón / Ciencia Ficción) creadores con un nervio esencialmente cómico que superaron ampliamente la película que nos ocupa.
Por encima de sus valores artísticos está película siempre será recordada por la interpretación de Sharon Tate, la bella dama que tanto disfruta con los baños y de la que el personaje de Polanski, cómo el espectador, se enamora irremediablemente, estos sentimientos no se limitaron a la ficción y durante el rodaje el director y la actriz iniciaron una relación que acabaría en matrimonio, un tiempo después, estando ella embarazada, un grupo de fanáticos obsesionados con la obra de Polanski La Semilla del Diablo y conocidos cómo la familia Manson irrumpió en el domicilio de la pareja asesinando a Sharon Tate y unos amigo que la acompañaban, Polanski se encontraba en un rodaje.
La vida de Polanski nunca ha sido fácil, siendo un niño sobrevivió al holocausto judío en Polonia; cómo acabo de relatar, perdió a su mujer en trágicas circunstancias por una película que su ingenio creó; además está acusado de pedofilia y no se le permite la entrada EEUU. A nadie le resulta fácil vivir pero debe ser aún más complicado cuando uno debe de superar obstáculos de tal envergadura, me acuerdo mientras escribo de todos esos tópicos acerca de la genialidad y que esta nace del sufrimiento, aquello que Orson Welles resumía también en el Tercer Hombre: durante siglos de paz Suiza no ha aportado al mundo más que el reloj suizo, en cambio en una de las épocas más duras de la historia de Italia surgió el Renacimiento, posiblemente el tiempo de mayor esplendor artístico que el hombre halla conocido. Me pregunto cómo serían la películas de Polanski si no le hubiesen salpicado estas desgracias y la única respuesta segura que se me ocurre es que serían diferentes, pero si nos atenemos a la reflexión antes expuesta sin esas desgracias quizá nunca hubiéramos oído hablar de Polanski, no creo del todo en esta suposición pero si fuese cierta y dadas las atmósferas proféticas y misteriosas que tanto gustan al polaco frecuentar en su cine, pudiésemos recrear una escena en la que un tipo misterioso (dejémoslo ahí) le diera escoger al cineasta entre, todo el reconocimiento y satisfacciones que su carrera artística le ha otorgado o una vida libre, dentro de lo posible, de sufrimiento y desgracias, me encantaría conocer que vida escogería.
Después de esta digresión quiero acabar hablando de la que me ha parecido la mejor escena de la película y que no es otra que la que le da título (en España), el baile de los vampiros, un baile anual por toda la eternidad que debería haber sido convencionalmente terrorífico pero que en las manos de un Polanski, con ganas de reír, resulta pasmosamente divertido.
Ahora bien, veamos la película dentro de su contexto, década de los 60 y una idea: llevar el cine de terror a la comedia, descontextualizar un género por completo, tomar el envoltorio (decorados, vestuario, historia) y cambiar la esencia (la reacción que esos elementos provoca en el público), me imagino perfectamente a Polanski y a su guionista Gérard Brach hablando sobre la película: “Hagamos una película de vampiros en la que el espectador cuándo debería estar asustado se este riendo”. Hoy día no es nada nuevo revisitar un genero desde otro punto de vista y menos original aún es hacerlo desde la comedia, el cine contemporáneo nos presenta un surtido elenco de ejemplos que va desde la saga Scary Movie hasta la revolucionaria Planet Terror, pero en los 60 una propuesta así fue transgresora e influyó en la filmografía de cineastas cómo los Monty Python (Los Caballeros de la Mesa Cuadrada / Aventuras) o Woody Allen (El Dormilón / Ciencia Ficción) creadores con un nervio esencialmente cómico que superaron ampliamente la película que nos ocupa.
Por encima de sus valores artísticos está película siempre será recordada por la interpretación de Sharon Tate, la bella dama que tanto disfruta con los baños y de la que el personaje de Polanski, cómo el espectador, se enamora irremediablemente, estos sentimientos no se limitaron a la ficción y durante el rodaje el director y la actriz iniciaron una relación que acabaría en matrimonio, un tiempo después, estando ella embarazada, un grupo de fanáticos obsesionados con la obra de Polanski La Semilla del Diablo y conocidos cómo la familia Manson irrumpió en el domicilio de la pareja asesinando a Sharon Tate y unos amigo que la acompañaban, Polanski se encontraba en un rodaje.
La vida de Polanski nunca ha sido fácil, siendo un niño sobrevivió al holocausto judío en Polonia; cómo acabo de relatar, perdió a su mujer en trágicas circunstancias por una película que su ingenio creó; además está acusado de pedofilia y no se le permite la entrada EEUU. A nadie le resulta fácil vivir pero debe ser aún más complicado cuando uno debe de superar obstáculos de tal envergadura, me acuerdo mientras escribo de todos esos tópicos acerca de la genialidad y que esta nace del sufrimiento, aquello que Orson Welles resumía también en el Tercer Hombre: durante siglos de paz Suiza no ha aportado al mundo más que el reloj suizo, en cambio en una de las épocas más duras de la historia de Italia surgió el Renacimiento, posiblemente el tiempo de mayor esplendor artístico que el hombre halla conocido. Me pregunto cómo serían la películas de Polanski si no le hubiesen salpicado estas desgracias y la única respuesta segura que se me ocurre es que serían diferentes, pero si nos atenemos a la reflexión antes expuesta sin esas desgracias quizá nunca hubiéramos oído hablar de Polanski, no creo del todo en esta suposición pero si fuese cierta y dadas las atmósferas proféticas y misteriosas que tanto gustan al polaco frecuentar en su cine, pudiésemos recrear una escena en la que un tipo misterioso (dejémoslo ahí) le diera escoger al cineasta entre, todo el reconocimiento y satisfacciones que su carrera artística le ha otorgado o una vida libre, dentro de lo posible, de sufrimiento y desgracias, me encantaría conocer que vida escogería.
Después de esta digresión quiero acabar hablando de la que me ha parecido la mejor escena de la película y que no es otra que la que le da título (en España), el baile de los vampiros, un baile anual por toda la eternidad que debería haber sido convencionalmente terrorífico pero que en las manos de un Polanski, con ganas de reír, resulta pasmosamente divertido.