
En uno de los momentos más gloriosos de la película No es país para viejos, el personaje interpretado por Javier Bardem plantea un dilema a un hombre al que apunta con una pistola: ¿Qué puedes pensar de las reglas que has seguido durante toda vida, si te han conducido a este momento?
No es país para viejos es puro Coen, hasta la médula, y es desde ya la muestra más agria de su brillante filmografía. Película dividida en tres potentes personajes recurrentes en el universo de los Coen pero que en está ocasión quedan impregnados de un aire corrosivo que sacudirá a los espectadores.
Josh Brolin cumple el papel del típico personaje “coeniano”. Cómo William H.Macy en Fargo o Billy Bob Thornton en El Hombre que nunca estuvo allí, un tipo sin demasiadas opciones en la vida que cree hallar un modo de ser más feliz (felicidad siempre vinculada al incremento de efectivo en los bolsillos) sin importarle demasiado que para ello tenga que transgredir ciertas cuestiones morales. Bajo esta premisa se adentrand en un mundo despiadado al que no pertenecen del que dificilmente saladrán ilesos. Hasta dónde está dispuesto a llegar ese personaje para consumar su objetivo y los obstáculos que le asaltan es la historia que, desde diferente perspectivas, tantas veces nos han contado los Coen (con ellos se cumple aquella máxima que le es otorgada a un selecto grupo de artistas: durante toda su carrera han ejecutado una y otra vez la misma obra) Lo que diferencia el personaje de esta película con los demás, es que él no busca cambiar de vida, la oportunidad para hacerlo se cruza en su camino por azar, circunstancia que le resta personalidad al personaje pero que sin embargo reviste a la historia de una textura trágica que favorece al conjunto.
Tommy Lee Jones asume el papel del tipo que desde una distancia prudente valora los acontecimientos que el primero desencadena, ya lo vimos en Fargo con Frances McDormand o en El Gran Lebowski con el narrador bebedor de zarzaparrilla. Lo que diferencia a este observador de los demás es que no cuenta con ninguna barrera para no verse salpicado por la brutalidad de lo que sucede, es más, dada su edad se encuentra en un periodo reflexivo, una época en la que busca algo que le reafirme, que le ayude a afrontar los últimos días de su vida con serenidad. Su mirada reflexiva y desesperanzada es lo que hace que está película sea más lúgubre que cualquier otra de los Coen, él es el viejo que ha vencido su tiempo sin encontrar un lugar confortable en el mundo, al que hace referencia el título de la cinta.
Javier Bardem representa el mal, el veneno de la humanidad, su presencia es omnipresente en la película, fantasmagórica, cómo Clint Eastwood en el Jinete Pálido, sus disparos parecen brotar del aire. Emparentado directamente con el personaje de Peter Stormare en Fargo, aunque aquel parezca un misionero al lado del que nos ocupa. Impresionante el trabajo de Bardem, el mejor que le he conocido, compone un personaje sin fisuras, imprevisible y metódico, lleno de matices, un psicópata que responde a un enrevesado universo moral, un hombre atormentado que sólo parece encontrar calma torturando y sometiendo aquellos que se interponen en su camino. Uno de los personajes más traumáticos que recuerdo, tardaré en olvidar sus ojos vidriosos y su media sonrisa.
¿Cómo puede alguien vivir tranquilo en un mundo que es capaz de engendrar personas que actúan tan vilmente y quedan impunes? ¿Cómo interpretar que no encuentren más que facilidades para alcanzar sus desquiciados planes? Esta es la diferencia más relevante entre esta película y el resto de la filmografía de los Coen, no hay ni rastro de justicia o de coherencia, la humanidad queda sometida al puro azar. La vida cómo una jungla, en la que alcanza lo que busca el que menos reparos tiene para pasar por encima de los que le rodean.
A pesar de la fuerza de la tétrica lectura que subyace de esta historia, en el film prevalecen las cualidades meramente cinematográficas. Descendientes del perfeccionismo de Kubrick (con el que también guardan semejanzas temáticas), la película es una muestra de cine con mayúsculas, ya desde la imágenes crepusculares del comienzo uno sabe que va a ser así y afronta lo sucesivo con esa sugestiva sensación de que todo lo que va a ver responde a un porqué y que detrás de él está el nervio artístico de estos dos hermanos, demasiado brillantes para un acercamiento masivo a su obra, pero que están tallando con esmero su nombre en la historia del cine.
No es país para viejos es puro Coen, hasta la médula, y es desde ya la muestra más agria de su brillante filmografía. Película dividida en tres potentes personajes recurrentes en el universo de los Coen pero que en está ocasión quedan impregnados de un aire corrosivo que sacudirá a los espectadores.
Josh Brolin cumple el papel del típico personaje “coeniano”. Cómo William H.Macy en Fargo o Billy Bob Thornton en El Hombre que nunca estuvo allí, un tipo sin demasiadas opciones en la vida que cree hallar un modo de ser más feliz (felicidad siempre vinculada al incremento de efectivo en los bolsillos) sin importarle demasiado que para ello tenga que transgredir ciertas cuestiones morales. Bajo esta premisa se adentrand en un mundo despiadado al que no pertenecen del que dificilmente saladrán ilesos. Hasta dónde está dispuesto a llegar ese personaje para consumar su objetivo y los obstáculos que le asaltan es la historia que, desde diferente perspectivas, tantas veces nos han contado los Coen (con ellos se cumple aquella máxima que le es otorgada a un selecto grupo de artistas: durante toda su carrera han ejecutado una y otra vez la misma obra) Lo que diferencia el personaje de esta película con los demás, es que él no busca cambiar de vida, la oportunidad para hacerlo se cruza en su camino por azar, circunstancia que le resta personalidad al personaje pero que sin embargo reviste a la historia de una textura trágica que favorece al conjunto.
Tommy Lee Jones asume el papel del tipo que desde una distancia prudente valora los acontecimientos que el primero desencadena, ya lo vimos en Fargo con Frances McDormand o en El Gran Lebowski con el narrador bebedor de zarzaparrilla. Lo que diferencia a este observador de los demás es que no cuenta con ninguna barrera para no verse salpicado por la brutalidad de lo que sucede, es más, dada su edad se encuentra en un periodo reflexivo, una época en la que busca algo que le reafirme, que le ayude a afrontar los últimos días de su vida con serenidad. Su mirada reflexiva y desesperanzada es lo que hace que está película sea más lúgubre que cualquier otra de los Coen, él es el viejo que ha vencido su tiempo sin encontrar un lugar confortable en el mundo, al que hace referencia el título de la cinta.
Javier Bardem representa el mal, el veneno de la humanidad, su presencia es omnipresente en la película, fantasmagórica, cómo Clint Eastwood en el Jinete Pálido, sus disparos parecen brotar del aire. Emparentado directamente con el personaje de Peter Stormare en Fargo, aunque aquel parezca un misionero al lado del que nos ocupa. Impresionante el trabajo de Bardem, el mejor que le he conocido, compone un personaje sin fisuras, imprevisible y metódico, lleno de matices, un psicópata que responde a un enrevesado universo moral, un hombre atormentado que sólo parece encontrar calma torturando y sometiendo aquellos que se interponen en su camino. Uno de los personajes más traumáticos que recuerdo, tardaré en olvidar sus ojos vidriosos y su media sonrisa.
¿Cómo puede alguien vivir tranquilo en un mundo que es capaz de engendrar personas que actúan tan vilmente y quedan impunes? ¿Cómo interpretar que no encuentren más que facilidades para alcanzar sus desquiciados planes? Esta es la diferencia más relevante entre esta película y el resto de la filmografía de los Coen, no hay ni rastro de justicia o de coherencia, la humanidad queda sometida al puro azar. La vida cómo una jungla, en la que alcanza lo que busca el que menos reparos tiene para pasar por encima de los que le rodean.
A pesar de la fuerza de la tétrica lectura que subyace de esta historia, en el film prevalecen las cualidades meramente cinematográficas. Descendientes del perfeccionismo de Kubrick (con el que también guardan semejanzas temáticas), la película es una muestra de cine con mayúsculas, ya desde la imágenes crepusculares del comienzo uno sabe que va a ser así y afronta lo sucesivo con esa sugestiva sensación de que todo lo que va a ver responde a un porqué y que detrás de él está el nervio artístico de estos dos hermanos, demasiado brillantes para un acercamiento masivo a su obra, pero que están tallando con esmero su nombre en la historia del cine.