15 de febrero de 2008

PURO COEN


En uno de los momentos más gloriosos de la película No es país para viejos, el personaje interpretado por Javier Bardem plantea un dilema a un hombre al que apunta con una pistola: ¿Qué puedes pensar de las reglas que has seguido durante toda vida, si te han conducido a este momento?

No es país para viejos es puro Coen, hasta la médula, y es desde ya la muestra más agria de su brillante filmografía. Película dividida en tres potentes personajes recurrentes en el universo de los Coen pero que en está ocasión quedan impregnados de un aire corrosivo que sacudirá a los espectadores.

Josh Brolin cumple el papel del típico personaje “coeniano”. Cómo William H.Macy en Fargo o Billy Bob Thornton en El Hombre que nunca estuvo allí, un tipo sin demasiadas opciones en la vida que cree hallar un modo de ser más feliz (felicidad siempre vinculada al incremento de efectivo en los bolsillos) sin importarle demasiado que para ello tenga que transgredir ciertas cuestiones morales. Bajo esta premisa se adentrand en un mundo despiadado al que no pertenecen del que dificilmente saladrán ilesos. Hasta dónde está dispuesto a llegar ese personaje para consumar su objetivo y los obstáculos que le asaltan es la historia que, desde diferente perspectivas, tantas veces nos han contado los Coen (con ellos se cumple aquella máxima que le es otorgada a un selecto grupo de artistas: durante toda su carrera han ejecutado una y otra vez la misma obra) Lo que diferencia el personaje de esta película con los demás, es que él no busca cambiar de vida, la oportunidad para hacerlo se cruza en su camino por azar, circunstancia que le resta personalidad al personaje pero que sin embargo reviste a la historia de una textura trágica que favorece al conjunto.

Tommy Lee Jones asume el papel del tipo que desde una distancia prudente valora los acontecimientos que el primero desencadena, ya lo vimos en Fargo con Frances McDormand o en El Gran Lebowski con el narrador bebedor de zarzaparrilla. Lo que diferencia a este observador de los demás es que no cuenta con ninguna barrera para no verse salpicado por la brutalidad de lo que sucede, es más, dada su edad se encuentra en un periodo reflexivo, una época en la que busca algo que le reafirme, que le ayude a afrontar los últimos días de su vida con serenidad. Su mirada reflexiva y desesperanzada es lo que hace que está película sea más lúgubre que cualquier otra de los Coen, él es el viejo que ha vencido su tiempo sin encontrar un lugar confortable en el mundo, al que hace referencia el título de la cinta.

Javier Bardem representa el mal, el veneno de la humanidad, su presencia es omnipresente en la película, fantasmagórica, cómo Clint Eastwood en el Jinete Pálido, sus disparos parecen brotar del aire. Emparentado directamente con el personaje de Peter Stormare en Fargo, aunque aquel parezca un misionero al lado del que nos ocupa. Impresionante el trabajo de Bardem, el mejor que le he conocido, compone un personaje sin fisuras, imprevisible y metódico, lleno de matices, un psicópata que responde a un enrevesado universo moral, un hombre atormentado que sólo parece encontrar calma torturando y sometiendo aquellos que se interponen en su camino. Uno de los personajes más traumáticos que recuerdo, tardaré en olvidar sus ojos vidriosos y su media sonrisa.

¿Cómo puede alguien vivir tranquilo en un mundo que es capaz de engendrar personas que actúan tan vilmente y quedan impunes? ¿Cómo interpretar que no encuentren más que facilidades para alcanzar sus desquiciados planes? Esta es la diferencia más relevante entre esta película y el resto de la filmografía de los Coen, no hay ni rastro de justicia o de coherencia, la humanidad queda sometida al puro azar. La vida cómo una jungla, en la que alcanza lo que busca el que menos reparos tiene para pasar por encima de los que le rodean.

A pesar de la fuerza de la tétrica lectura que subyace de esta historia, en el film prevalecen las cualidades meramente cinematográficas. Descendientes del perfeccionismo de Kubrick (con el que también guardan semejanzas temáticas), la película es una muestra de cine con mayúsculas, ya desde la imágenes crepusculares del comienzo uno sabe que va a ser así y afronta lo sucesivo con esa sugestiva sensación de que todo lo que va a ver responde a un porqué y que detrás de él está el nervio artístico de estos dos hermanos, demasiado brillantes para un acercamiento masivo a su obra, pero que están tallando con esmero su nombre en la historia del cine.

9 de febrero de 2008

ONCE VARAS


Mientras veía la película recordé la declaración de un director, olvidé cuál, decía que él rodaba las escenas de amor cómo si fueran de acción y las de acción cómo si fueran de amor, me acordé de esto porque las escenas de sexo de Deseo, Peligro, están llenas de matices, en primer lugar llegamos a ellas sin saber realmente que sienten los personajes, conocemos sus obligaciones pero sus sentimientos apenas se han dejado ver, podemos esperar cualquier cosa de lo dos, es por eso que Ang Lee juega a ser ambiguo con sus encuentros, de este modo los elementos cinematográficos que rodean estas escenas son opuestos al estándar de una escena erótica o de amor, la música es inquietante, el montaje acelerado y discontinuo, las actuaciones bruscas y la fotografía oscura y contrastada. Esta elección maestra de Ang Lee nos hace estar tensión, colgados de la película porque somos conscientes de que en cualquier momento la situación que se nos plantea puede saltar en pedazos. En estos tiempos, que tanto gustan de poner etiquetas, sin duda la más apropiada para esta película sería thriller erótico, aunque este film vaya más allá de ese poco honroso cliché, sin duda la esencia de la película radica en la intriga que generan las escenas eróticas, puesto que es en ellas dónde se condensan y se resuelven los conflictos que el film plantea.

Hay mucho más que escenas de cama en Deseo, Peligro, hay, por ejemplo, una factura impecable de cine clásico, se que esto suena a tópico pero en este caso es cierto, más allá de estar ambientada en la época dorada del cine, los años 40, el ritmo por el que Ang Lee ha optado engarza perfectamente con las pulsaciones sosegadas del mejor cine clásico japonés, los planos respiran y su composición parece estar hecha con escuadra y cartabón, sin dejar lugar a la improvisación, es importante dónde y cómo miran los personajes, estos a su vez están presentados sin precipitación..

Este atributo de Deseo, Peligro me da la oportunidad de exponer una teoría, sobre el cine clásico enfrentado al moderno que valora en su justa medida los enormes avances técnicos que se han producido en el sector, más que en ningún otro tipo de manifestación artística, en las últimas décadas. Tomemos un director de cine clásico y otro de cine contemporáneo, Ozu y Lee por ejemplo, Ozu estaba maniatado visualmente a la hora de contar una historia, por eso la factura final de sus películas en gran medida era el resultado de las condiciones en las que se tuvo que mover, sin embargo, Lee opta por un acabado determinado, entre un abanico de posibilidades infinitamente mayor, porque realmente considera que es el más apropiado para la historia que nos está contando, lo que a mi parecer le da un mayor peso artístico a la obra.

Si entendemos el cine como una arte narrativo, fundamentalmente visual, cualquier persona juiciosa deberá reconocer que en los últimos años se ha enriquecido tanto el lenguaje visual, se han desarrollado tantos los medios técnicos, indispensables para este arte, que películas rodadas hace 60 años resultan toscas y medievales, salvando las distancias, es cómo enfrentar el Románico con el Renacimiento, el cine actual está mucho más depurado y es más sofisticado que el de hace años, ¿cómo no iba a serlo? Imagínense un escritor con una cantidad limitada de tinta o a un escultor que debe modelar sus creaciones a martillazos, quizá tengan más merito si sus obras alcanzan la virtud, no lo niego, pero lo que finalmente importara, lo que perdurará, será el resultado final, no cómo se ha alcanzado.

No me mal interpreten no soy de las personas a las que les produces sarpullidos el blanco y negro (espero poder demostrarlo aquí, si la pereza no me vence) pero estoy en contra de esa corriente apocalíptica que considera que el cine está acabado, de todos aquellos que creen que desde que Chaplin soltó la lengua hemos ido cuesta abajo y que a estas alturas queda muy poco o nada que descender, de todos aquellos a los que no les quedan películas por descubrir, considero esa actitud casposa, primitiva, dogmática y señorial. Claro que hoy se hacen películas que no merecen más que un pase en televisión a las tres de la tarde, pero siempre ha habido malas películas y siempre las habrá; Claro que hay películas que lo único que pretenden es reventar taquillas y poco les importa los valores artísticos que exhiben, pero el cine nació cómo una industria y cómo una industria morirá; Claro que al gran público le hace falta mucha educación cinematográfica, pero ¿Cuándo la ha tenido y cuándo la tendrá? En este apartado hay algo con lo que cuenta el público de hoy con lo que el de ayer no contaba, un sentido más desarrollado para valorar las expresiones audiovisuales, lo que le otorga a su criterio mayor peso que el del espectador de la manida época dorada del cine.

Soy consciente de lo banal que puede resultar mi opinión ¿que dirán la generaciones futuras acerca de lo medios de producción del cine de principios del siglo veintiuno?... por eso espero no haber resultado demasiado rotundo ya que, aunque pueda parecerlo, no me considero en posesión de ninguna verdad, en realidad soy bastante relativista, o no.

Volviendo a Deseo, Peligro, impresionante su diseño artístico, pocas veces me fijo en este apartado, pero aquí está tan bien cuidado que hasta un ignorante puede quedar deslumbrado. Recuerdo un plano dentro de un café en el que la protagonista tiene tras de sí una ventana que da a la calle y que queda fuera de foco, a pesar de que no vemos con claridad que hay más allá de esa ventana, en lo que dura el plano, es incesante el tráfico de elementos que nos trasladan al Shangai de los años 40, un caudal incesante de gente, bicicletas, carros y coches… este ejemplo da la justa medida del esfuerzo y el trabajo que hay detrás de esta sobresaliente producción.

Para cerrar, quiero destacar la única escena de violencia del film y que supone el despertar de los personajes y de la película. Rodada con mano firme no dejará indiferente ni aquel que a esas alturas este deseando que acabe la película.